¿Fuma, señor conde?

Si el otro día hablábamos del moderno diseño de los Países Bajos, hoy nos movemos en el tiempo y en el espacio para contar un poco sobre el diseño inglés más clásico.

Puede que a muchos el nombre Chesterfield les suene sólo a tabaco rubio. Pero, además de una marca de cigarrillos, Chesterfield es también un pueblo del centro de Inglaterra. Más concretamente es lo que se conoce desde el medievo como un “market town”, es decir, un asentamiento poblacional que tiene derecho a celebrar mercados. Antiguamente, Chesterfield basó su economía en las minas de carbón, pero en 1980 las minería pasó a mejor vida y ahora se gana la vida con el sector terciario. Una de las características más curiosas de la arquitectura de este pueblo inglés es que la torre de su iglesia, del siglo XIV, está retorcida como un pirulo tropical.

Pues bien, resulta que en el siglo XVIII vivió en Inglaterra un tal Philip Stanhope, a la sazón cuarto conde de Chesterfield. En realidad, lo más probable es que este señor nunca pisara el pueblo de la iglesia retorcida, pero ya se sabe cómo son los condados, que te vienen desde la cuna y te marcan el nombre ya para siempre. Hijo de su tiempo, a Felipe le encantaba guardar las formas y medrar en política, codearse con la buena sociedad y dárselas de hombre de letras. Uno de los consejazos que le dio a su hijo en sus cartas fue el de que no se le ocurriera reírse nunca, porque las carcajadas eran “un rasgo de locura y de malos modales; son la forma en que el vulgo expresa su ridículo entusiasmo ante cosas ridículas”. Eso sí, sonreir podía. Al parecer, y sin ánimo de criticar, este hombre fue malo, interesado y egoísta. Peeero, aunque no se sabe a ciencia cierta, se rumorea que algo bueno hizo en la vida.

Philip Stanhope de Chesterfield, un figura.

Y la cosa buena no fue otra que encargar uno de los diseños de mueble más famosos de todos los tiempos. El sofá Chester (diminutivo cariñoso del nombre del conde) fue un encargo de Felipe a un ebanista llamado Adam. Que conste que nos escama bastante que se sepa el nombre del ebanista y sin embargo no se tenga claro si el origen del sofá fue en el XIX o en el XVIII. Pero jugamos a que nos lo creemos todo y decimos que Adam trabajó para Felipe en el XVIII y creó el asiento más maravilloso de Inglaterra. El tal Adam hizó una pieza de mobiliario perfecta: de cuero, abotonada y con los apoyabrazos a la misma altura del respaldo. Y así nació el sofá Chesterfield para delirio de decoradores y amantes de lo cómodo, bonito y duradero de todos los tiempos.

Sofá Chesterfield en Gnomo

Adam, si ése es su verdadero nombre, demostró ser un artesano inigualable y el mejor diseñador del siglo. Su diseño en capitoné (así se llaman los botones que tachonan la pieza), su robustez, su forma y su material resistente al paso del tiempo, hacían de este asiento el ideal para el propósito que tenía en mente el conde Lord Chesterfield cuando lo encargó: amueblar los clubes de caballeros de Londres. Felipe, que creía que las formas eran lo más importante en esta vida, estaba harto de ver a señores de la alta sociedad repantigados en sofás de terciopelo con la copa de coñac y el cigarrillo en la mano. Hablar de temas trascendentales para el futuro de Europa con las mejillas coloradas y la espalda encorvada no es elegante. El sofá Chester era necesario para devolver la compostura a los máximos representantes de la sociedad inglesa. “¡A ver qué va a ser esto, hombre!”, exclamó el conde.

sillón Chesterfield
El sillón y el sofá Chesterfield, lejos de anclarse en el siglo XVIII, se han convertido a lo largo de los años en todo un icono del diseño inglés que ha traspasado fronteras para llegar a los hogares más sofisticados de todo el mundo. Válido para ser el protagonista del salón tanto si se opta por una decoración más tradicional como por un interiorismo de lo más vanguardista. Cómodo, elegante, resistente… es el mueble que ha levantado más suspiros de deseo en todo el mundo.
Por brindárnoslo te damos gracias, señor conde. Si es que ése es tu verdadero nombre.
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